Academia Santa Cecilia: un siglo formando músicos en El Puerto
Hay lugares donde la música no se estudia, se hereda. En El Puerto de Santa María, la Academia de Música Santa Cecilia ha sido durante más de un siglo ese eslabón invisible que conecta a abuelos, padres e hijos a través de una partitura, un instrumento prestado y las tardes interminables de ensayo en un local que huele a resina de arco y metal de embocadura.
No es un conservatorio al uso. Es algo más parecido a una familia ruidosa donde el que entra con ocho años a soplar una trompeta acaba tocando en la banda municipal, en la procesión de Semana Santa o en la orquesta de las fiestas de la Patrona. O las tres cosas a la vez.
Los orígenes: música para el pueblo
La tradición de las academias y bandas de música en El Puerto se remonta al siglo XIX, cuando las agrupaciones musicales eran parte esencial de la vida civil y religiosa de cualquier ciudad gaditana con peso. Cada cofradía necesitaba su banda, cada acto oficial su fanfarria, cada verbena su orquesta.
La Academia Santa Cecilia nació de esa necesidad y de algo más difícil de definir: la convicción de que la música debía ser accesible. No un privilegio de salón, sino un oficio de barrio. Los primeros alumnos eran hijos de trabajadores del muelle, de bodegueros, de pescadores. Chavales que después de la escuela cruzaban medio pueblo para llegar a una clase donde un maestro les enseñaba solfeo con la paciencia de quien sabe que está plantando algo que tardará años en dar fruto.
El nombre no es casual. Santa Cecilia, patrona de los músicos, cuya festividad el 22 de noviembre sigue siendo una fecha marcada en rojo en el calendario de cualquier músico portuense. Ese día la banda sale, toca y celebra. Es su día y lo saben.
La banda: columna vertebral de la academia
Hablar de la Academia Santa Cecilia es hablar de su banda de música. Durante décadas, la formación ha sido el vivero del que se nutrían las agrupaciones musicales de la ciudad. La banda no solo acompañaba procesiones — era presencia fija en actos institucionales, conciertos de verano en el Parque Calderón y retretas que llenaban las noches de junio de pasodobles y marchas.
El repertorio siempre ha sido un equilibrio entre lo clásico y lo popular. Marchas procesionales como las de Abel Moreno o Pedro Gámez Laserna convivían en los atriles con arreglos de zarzuela, piezas de cine y hasta algún que otro guiño al pop que arrancaba sonrisas entre el público y ceños fruncidos entre los puristas.
Lo importante nunca fue el virtuosismo individual, sino el sonido del conjunto. Un músico de banda aprende algo que no enseña ningún conservatorio superior: a escuchar al de al lado, a respirar con la sección, a saber que tu nota solo tiene sentido si encaja con las otras cincuenta que suenan al mismo tiempo.
El aula: donde todo empieza
El método era — y en muchos aspectos sigue siendo — directo. Solfeo primero, instrumento después. Nada de atajos. Las clases de lenguaje musical podían resultar áridas para un crío de nueve años, pero eran el cimiento. Quien pasaba por ahí salía leyendo música como quien lee el periódico.
Los instrumentos se asignaban según necesidad de la banda y, a veces, según el tamaño del alumno. Un chaval espigado acababa con un trombón. Uno menudo, con un clarinete. Las familias no siempre podían comprar instrumentos, así que la academia prestaba los suyos — tubas abolladas, flautas con más años que el edificio, bombardinos que pesaban más que el niño que los cargaba.
Esa democratización del acceso ha sido una constante. La música en El Puerto nunca fue cosa de élites. Fue cosa de gente con ganas y un director con paciencia.
Semana Santa: el gran escenario
Si hay un momento del año en el que el trabajo de la academia se hace visible, es la Semana Santa. Las bandas de música y las agrupaciones musicales que acompañan a las cofradías portuenses están nutridas, en gran parte, por músicos formados en Santa Cecilia o en academias hermanas de la ciudad.
El sonido de una banda tras un paso por la calle Larga no es solo música. Es memoria colectiva. El portuense reconoce una marcha por sus primeros compases y sabe a qué hermandad pertenece, en qué esquina suena mejor, en qué año se estrenó. Eso no se aprende en Spotify. Se aprende yendo, escuchando, viviendo la calle.
Para los músicos jóvenes, tocar en Semana Santa es un rito de paso. El primer año de nervios, con el atril temblando y el paso de palio delante. Después, la seguridad que da saber que formas parte de algo más grande que tú.
El legado hoy
Como muchas instituciones culturales de base, la Academia Santa Cecilia ha atravesado épocas de esplendor y momentos de dificultad. La falta de financiación, la competencia con otras formas de ocio, la migración de jóvenes a ciudades más grandes — todo eso ha dejado marca.
Pero sigue ahí. Sigue habiendo un local donde un chaval puede entrar sin saber nada y salir, años después, convertido en músico. Sigue habiendo un director que pierde las tardes corrigiendo embocaduras y un grupo de veteranos que vuelven cada noviembre a tocar juntos porque eso es lo que hacen, lo que han hecho siempre.
En los últimos años, el interés por la música de banda ha experimentado un repunte en toda la provincia de Cádiz. Nuevas generaciones descubren que hay algo en el sonido de una banda en la calle que no puede replicar ningún altavoz bluetooth. Algo que tiene que ver con el aire, con la acústica de las fachadas encaladas, con la vibración física del metal.
Información práctica
- Cuándo visitarla: El curso académico sigue el calendario escolar. Los conciertos y actuaciones públicas se concentran en Semana Santa, la festividad de Santa Cecilia (22 de noviembre) y los meses de verano
- Dónde: El Puerto de Santa María, en el entorno del centro histórico
- Acceso: Consultar directamente con la academia o con la Delegación de Cultura del Ayuntamiento para información sobre matrículas y actividades abiertas al público
- Conciertos: Las actuaciones de la banda suelen ser gratuitas y al aire libre
El momento mágico
Hay una imagen que resume un siglo de academia. Es noviembre, hace fresco, y la banda de Santa Cecilia toca en la plaza. En la primera fila hay un abuelo que fue alumno hace sesenta años. A su lado, su nieta, que lleva tres meses con el clarinete y todavía no saca bien el do agudo. El abuelo no aplaude entre pieza y pieza. Solo asiente, despacio, como quien reconoce algo que lleva toda la vida escuchando. Cuando la banda arranca el himno final, la nieta le mira y él le dice sin hablar lo único que importa: esto es tuyo también.
Álvaro Pacheco
Cronista CulturalLicenciado en Historia del Arte y melómano empedernido, Álvaro escribe sobre todo lo que se mueve en la escena cultural portuense. Exposiciones, teatro, conciertos, literatura... si tiene que ver con cultura en El Puerto, Álvaro lo ha visto primero.