Rafael Alberti en Roma: trece años de exilio que forjaron al poeta de El Puerto
En 1977, un hombre de setenta y cuatro años bajó de un avión en Madrid. Llevaba treinta y ocho años fuera de España. Se llamaba Rafael Alberti, había nacido en El Puerto de Santa María el 16 de diciembre de 1902, y durante casi cuatro décadas el régimen de Franco le había prohibido pisar su propio país. Lo que hizo con ese tiempo —sobre todo con los trece años que pasó en Roma— es una de las historias más extraordinarias de la literatura española del siglo XX.
El niño del Puerto que se fue dos veces
Para entender los años romanos de Alberti hay que empezar antes. Mucho antes.
Rafael Alberti creció en El Puerto de Santa María, entre bodegas, salinas y el estuario del Guadalete. De niño recorría las playas de la bahía, se empapaba de la luz atlántica y desarrolló una doble vocación que nunca lo abandonaría: la pintura y la palabra.
En 1917, a los catorce años, la familia se trasladó a Madrid. Fue la primera vez que Alberti dejó El Puerto, y ya entonces el desarraigo le marcó. Años después, en 1924, publicó Marinero en tierra, un poemario que destilaba la nostalgia del mar portuense desde el interior de Castilla. Ganó el Premio Nacional de Literatura. Tenía veintiún años.
Lo que vino después fue vertiginoso. Alberti se integró en la Generación del 27 — junto a Federico García Lorca, Pedro Salinas, Luis Cernuda, Jorge Guillén y otros — y publicó obras que lo situaron entre los grandes: Cal y canto (1926), con ecos de las vanguardias cubistas, y Sobre los ángeles (1929), que muchos consideran su obra maestra, un poemario existencial y desgarrado nacido de una crisis personal profunda.
Pero Alberti no era solo poeta. Pintaba, escribía teatro, se comprometía políticamente. A principios de los años treinta se afilió al Partido Comunista de España. Y cuando estalló la Guerra Civil en 1936, tomó partido abiertamente por la República.
Fue la segunda vez que se fue. Esta vez, no volvería en décadas.
El largo camino a Roma
En 1939, con la victoria de Franco, Alberti y su esposa, la también escritora María Teresa León, cruzaron la frontera. Primero, París. Después, un barco a Argentina, donde vivirían veinticinco años.
Buenos Aires fue generosa con el matrimonio exiliado. Alberti escribió, publicó, dio conferencias. Pero Argentina no era España. Y España, para un comunista declarado, estaba cerrada a cal y canto.
En 1963, Alberti y María Teresa León decidieron dejar Buenos Aires y trasladarse a Europa. No podían volver a España — Franco seguía en el poder — pero querían estar más cerca. La elección fue Roma.
¿Por qué Roma? Por razones que tenían tanto de prácticas como de sentimentales. Italia en los años sesenta ofrecía un coste de vida razonable para artistas e intelectuales. El Partido Comunista Italiano era uno de los más fuertes de Europa occidental, lo que daba a Alberti un entorno político afín. Y Roma, con su luz mediterránea, sus piedras ocres y su relación con el mar, tenía algo que Buenos Aires no podía darle: un eco del sur de España.
Se instalaron en el barrio del Trastevere, al otro lado del Tíber. Era un barrio popular, de callejuelas estrechas y fachadas desconchadas, de talleres y trattorie. Un barrio que un portuense podía sentir, si no como propio, al menos como primo hermano del suyo.
Trastevere: trece años de crear desde la ausencia
Los años romanos de Alberti — de 1964 a 1977 — fueron extraordinariamente productivos. Es una paradoja que merece atención: un hombre arrancado de su tierra, alejado de su lengua cotidiana, viviendo en una ciudad ajena, produjo algunas de sus obras más intensas precisamente porque todo eso le faltaba.
El primer fruto fue X Sonetos romanos (1964), un ciclo de diez sonetos que marcaron el tono de lo que vendría: la observación de Roma filtrada por la memoria de España. No eran poemas turísticos. Eran el intento de un exiliado de habitar un lugar nuevo sin renunciar al viejo.
En 1966, Alberti publicó Los ojos de Picasso, un conjunto de grabados creados en Roma que mostraba lo que Italia estaba despertando en él: el regreso a la pintura. Alberti había empezado como pintor antes de ser poeta — de joven quiso ser artista visual — y Roma le devolvió esa vocación con fuerza. Ese mismo año, algo significativo ocurrió: un grupo de artistas le rindió homenaje en París con una carpeta de dibujos firmada por un centenar de creadores. Aquel gesto — el mundo del arte reconociendo al poeta exiliado — lo conmovió profundamente.
También en 1966 ganó el primer premio de grabado en la V Rassegna d’Arte Figurativo di Roma. El poeta portuense, a sus sesenta y cuatro años, competía y ganaba en terreno italiano.
En 1972 llegó El lirismo del alfabeto, una serie de serigrafías — veintiséis en color, veintiséis en blanco y negro — donde cada letra del abecedario se convertía en imagen. Eran sus liricografías: la fusión de poesía visual y trazo pictórico que solo podía nacer de alguien que era, simultáneamente, poeta y pintor.
Y luego estaba Roma, peligro para caminantes, el libro donde Alberti paseaba por la ciudad eterna con el humor y la melancolía entrelazados. Cada esquina de Roma le recordaba algo — a veces lo que veía, a veces lo que echaba de menos. Es un libro que se puede leer como una guía sentimental de Roma escrita por alguien que en realidad está pensando en otra parte.
El exilio no es una aventura
Conviene decir algo que los relatos literarios tienden a embellecer: el exilio no fue romántico. Fue pérdida. María Teresa León, compañera de toda la vida, comenzó a mostrar síntomas de deterioro cognitivo durante los años romanos. El aislamiento lingüístico pesaba. Las noticias de España llegaban con la amargura de lo irremediable: amigos muertos, paisajes cambiados, una dictadura que parecía no tener fin.
Alberti escribía sobre El Puerto desde Roma con una precisión que solo da la distancia. Las marismas, los toros pastando, el olor a vino fino en las calles de las bodegas, los carnavales de su infancia — todo aparecía en sus versos romanos con una nitidez casi dolorosa. Es lo que hace la nostalgia cuando se prolonga durante décadas: agudiza la memoria hasta convertirla en algo más verdadero que el recuerdo.
En 1977, su última obra del exilio, Canción de amor, cerraba un capítulo de treinta y ocho años.
1977: el regreso
Franco había muerto en noviembre de 1975. La transición española avanzaba. En 1977, las primeras elecciones democráticas abrieron la puerta a los exiliados. Alberti volvió.
Tenía setenta y cuatro años. Se había ido a los treinta y seis. La España que encontró no era la que había dejado. El Puerto de Santa María que encontró no era el de su infancia. Pero volvió, y lo hizo con la determinación de quien lleva casi cuatro décadas ensayando el verbo volver.
Fue elegido diputado por el PCE en las Cortes Constituyentes de 1977, pero renunció al escaño casi de inmediato. No había vuelto para hacer política parlamentaria. Había vuelto para estar. Para pisar las calles que llevaba décadas escribiendo desde lejos.
Se instaló en El Puerto de Santa María. Los últimos veintidós años de su vida los pasó donde había nacido: junto al Guadalete, frente a la bahía, bajo la misma luz que había perseguido por medio mundo.
Rafael Alberti murió el 28 de octubre de 1999 en El Puerto de Santa María. Tenía noventa y seis años. Sus cenizas fueron esparcidas sobre la bahía de Cádiz, sobre el mar que había sido su primera patria y la última.
Lo que Alberti significa para El Puerto
El Puerto de Santa María tiene una relación con Alberti que va más allá de la placa conmemorativa y el nombre de calle. Alberti no es un poeta que nació en El Puerto; es un poeta que fue moldeado por El Puerto. Su poesía primera — la que le dio el Premio Nacional a los veintiuno — es inseparable del paisaje portuense: el mar, las salinas, los barcos, la luz.
Y esa relación funcionó en las dos direcciones. La ausencia de Alberti durante treinta y ocho años convirtió al poeta en símbolo: de la cultura exiliada, del talento que la dictadura expulsó, de lo que España perdió. Su regreso en 1977 fue, para El Puerto, algo más que la vuelta de un vecino ilustre. Fue un acto de reparación.
Hoy, la casa natal del poeta en la calle Santo Domingo alberga la Fundación Rafael Alberti, donde se conservan manuscritos, pinturas, objetos personales y la biblioteca que acumuló a lo largo de una vida nómada. Pasear por sus salas es entender cómo un niño portuense se convirtió en uno de los poetas más importantes de la lengua española — y cómo nunca dejó de serlo, ni siquiera cuando un océano y un continente lo separaban de casa.
Visita práctica
- Fundación Rafael Alberti: Calle Santo Domingo, 25, El Puerto de Santa María. Conserva manuscritos, pinturas, libros y objetos personales del poeta. Entrada gratuita. Consultar horarios en la web oficial de la fundación (rafaelalberti.com).
- Ruta Alberti: El Ayuntamiento organiza itinerarios guiados por los lugares vinculados al poeta. Información en la Oficina de Turismo (Plaza del Castillo).
- Lecturas previas recomendadas: Marinero en tierra (1924) para entender la conexión con el mar portuense; Roma, peligro para caminantes para los años romanos; La arboleda perdida, sus memorias, para el contexto vital completo.
- Mejor momento: Cualquier época del año. Aunque el otoño en El Puerto tiene esa melancolía luminosa que Alberti habría reconocido como propia.
El dato curioso
En 2021, el Instituto Cervantes de Roma — en la Sala Dalí de Piazza Navona — acogió una exposición titulada ExiliArte: Memoria de una carpeta dedicada a Rafael Alberti. La muestra reunió 52 obras de arte centradas en aquella carpeta de dibujos que un centenar de artistas le regalaron en París en 1966, durante su exilio. La exposición, comisariada por Carmen Bustamante y organizada por la Diputación Provincial de Cádiz y la Academia de Bellas Artes de Cádiz, estuvo abierta entre septiembre de 2021 y febrero de 2022.
Ya no se puede visitar. Pero el hecho de que Roma siguiera honrando al poeta portuense décadas después de su muerte dice algo sobre la huella que dejó en la ciudad que lo acogió durante trece años.
Alberti pasó la mitad de su vida lejos de El Puerto. Y cada verso que escribió en el exilio — en Buenos Aires, en Roma, en cualquier habitación prestada — era una carta de amor a una bahía que no podía ver pero que nunca dejó de sentir.
Don Rafael Mendoza
Historiador LocalCatedrático jubilado y autor de tres libros sobre la historia portuense, Don Rafael ha dedicado su vida a documentar el patrimonio de El Puerto. Desde los fenicios hasta las bodegas centenarias, no hay piedra de esta ciudad que no conozca su historia.