Historia

El Puerto antes de la historia: lo que la prehistoria cuenta sobre por qué estamos aquí

17 de febrero de 2026
9 min de lectura
El Puerto antes de la historia: lo que la prehistoria cuenta sobre por qué estamos aquí

El Puerto antes de la historia: lo que la prehistoria cuenta sobre por qué estamos aquí

Todo el mundo en El Puerto sabe que Alfonso X conquistó estas tierras. Que Colón preparó aquí su segundo viaje. Que los cargadores del siglo XVIII llenaron el centro de palacios barrocos. Pero hay una pregunta que casi nadie se hace, y es la más importante de todas: ¿por qué aquí? ¿Por qué, de toda la costa atlántica de la Península Ibérica, este punto exacto donde el Guadalete desemboca en la Bahía de Cádiz ha atraído a seres humanos durante miles de años?

La respuesta no está en los archivos medievales ni en las crónicas de Indias. Está mucho más abajo. En capas de sedimento, en herramientas de piedra, en restos de cerámica que llevan enterrados milenios bajo un suelo que hoy pisamos sin pensar. La prehistoria de El Puerto no es un prólogo menor antes de la “historia de verdad.” Es la explicación de todo lo que vino después.

Una conferencia que mira hacia atrás

El profesor Jiménez Arenas ha dedicado una conferencia en el Aula Menesteo precisamente a esto: a la prehistoria de la región. No a los romanos — que ya tienen sus propios artículos y sus propios fans — sino a lo que había antes. Mucho antes. A los miles de años de ocupación humana que convirtieron este rincón de la Bahía en lo que los geógrafos llaman un “punto de convergencia natural” y lo que cualquier persona con sentido común llamaría un lugar donde merece la pena quedarse.

Que un especialista en arqueología elija El Puerto para hablar de prehistoria no es casualidad. Es que la geografía de este sitio lo exige.

La geografía como destino

Abre un mapa. Míralo con ojos de hace cuatro mil años, antes de carreteras, antes de puertos artificiales, antes de que existiera el concepto de frontera.

Lo que ves es esto: un río — el Guadalete — que baja desde la Sierra de Cádiz arrastrando agua dulce, sedimentos fértiles y acceso directo al interior de la Península. En su desembocadura, una bahía protegida — la Bahía de Cádiz — que ofrece abrigo contra el oleaje atlántico y acceso al mar abierto. Entre ambos, una franja de tierra donde confluyen agua dulce y salada, pesca y caza, marismas y terreno firme.

Para un grupo humano del Paleolítico, eso no era un paisaje. Era un supermercado. Mariscos en las marismas. Peces en el río y en la bahía. Caza en las colinas cercanas. Agua dulce garantizada. Sal — ese conservante natural que durante milenios fue más valioso que el oro — disponible en las salinas naturales de la costa.

No hace falta ser arqueólogo para entender por qué la gente se quedó. Lo raro habría sido que no lo hiciera.

Miles de años en capas

La prehistoria no se lee como un libro. Se lee como un corte de terreno: capa sobre capa, cada una con sus restos, sus herramientas, sus indicios de cómo vivía la gente.

Paleolítico y Mesolítico (hasta aproximadamente 6000 a.C.): Los primeros habitantes de la zona eran cazadores-recolectores que explotaban los recursos costeros. En toda la fachada atlántica del sur de Iberia, los yacimientos de este período muestran un patrón claro: la gente vivía cerca del agua, comía lo que el mar y los ríos le daban, y se movía con las estaciones. Las herramientas de piedra tallada — sílex, cuarcita — aparecen en depósitos que los arqueólogos llevan décadas estudiando en la provincia de Cádiz.

Neolítico y Calcolítico (6000-2200 a.C.): El cambio más grande de la historia humana: la agricultura. Los grupos se asientan. Aparece la cerámica — y con ella, la posibilidad de almacenar, de comerciar, de acumular. En el sur de la Península, este período trae los primeros asentamientos fortificados. ¿Fortificados contra quién? Contra otros grupos que también querían vivir en los mejores sitios. La competencia por los puntos de convergencia natural — como la desembocadura del Guadalete — ya existía miles de años antes de que nadie escribiera una crónica.

Edad del Bronce (2200-800 a.C.): Aquí empieza algo que cambiará la historia del Mediterráneo occidental. La metalurgia. El sur de Iberia es extraordinariamente rico en minerales — cobre, plata, oro — y los pueblos que saben trabajarlos se convierten en piezas clave de las redes de intercambio que conectan el Atlántico con el Mediterráneo. La Bahía de Cádiz, por su posición entre ambos mundos, se convierte en un nodo comercial de primer orden.

Tartessos: el nombre que nadie conoce

Y aquí llegamos a la cultura que debería ser famosa en El Puerto y no lo es.

Tartessos. Entre aproximadamente el 800 y el 500 a.C., el sur de la Península Ibérica albergó una civilización que los griegos conocían y que Heródoto mencionó como una de las más ricas del mundo conocido. No era un mito. Los arqueólogos han encontrado evidencias reales: asentamientos, necrópolis, objetos de orfebrería de una sofisticación que asombra, restos de escritura que aún no se han descifrado del todo.

Tartessos controlaba — o al menos participaba activamente en — las rutas comerciales que movían estaño desde las costas del norte de Europa (Cornualles, Bretaña) hacia el Mediterráneo, donde fenicios y griegos lo necesitaban para fabricar bronce. A cambio, los productos mediterráneos fluían hacia el oeste. Era comercio intercontinental antes de que existiera la palabra.

¿Y dónde se cruzaban esas rutas? En la Bahía de Cádiz. En ese punto exacto donde un río navegable conectaba el interior peninsular con el mar abierto. El mismo punto donde hoy se levanta El Puerto de Santa María.

No se puede afirmar que El Puerto fuera una “ciudad tartésica” — la arqueología no funciona así, con certezas limpias y titulares fáciles. Pero sí se puede decir, con base documental sólida, que la zona de la desembocadura del Guadalete estaba dentro del área de influencia tartésica y que su geografía la convertía en un punto de paso obligado para las redes de intercambio que definieron esa cultura.

Los que vinieron después — y por las mismas razones

Cuando Tartessos declina — por razones que los investigadores aún debaten —, la Bahía de Cádiz no pierde su valor. Al contrario. Los fenicios ya llevan siglos instalados en Gadir (la actual Cádiz), justo al otro lado de la bahía. Los cartagineses heredan esa presencia. Y cuando Roma conquista el sur de Iberia, a partir del siglo III a.C., lo primero que hace es lo que hacen todos los imperios: asegurar los puntos estratégicos.

El Portus Gaditanus — el puerto romano documentado en las cercanías de lo que hoy es El Puerto de Santa María — aparece en los itinerarios de la época como una parada de la Vía Augusta, la gran calzada que conectaba Roma con Gades. No era un pueblo cualquiera. Era un nodo logístico en la red de comunicaciones más sofisticada del mundo antiguo.

Y eso es exactamente lo que había sido durante miles de años antes de que llegara Roma. Solo que ahora tenía un nombre latino y calzadas pavimentadas.

Lo que no se ve — y lo que se pierde

El problema con la prehistoria es que no deja catedrales. No deja palacios barrocos ni bodegas centenarias. Deja fragmentos. Cerámica rota. Herramientas de piedra que un ojo no entrenado confundiría con una piedra cualquiera. Restos de hogueras que llevan miles de años bajo tierra.

Eso significa que la prehistoria de El Puerto es, en gran medida, invisible para quien pasea por el centro. No hay carteles que digan “aquí vivían comunidades del Calcolítico.” No hay rutas turísticas que expliquen por qué la desembocadura del Guadalete fue un imán humano durante milenios. Esa historia existe — en publicaciones académicas, en informes de excavación, en los archivos de la Universidad de Cádiz y de los museos provinciales — pero no ha llegado a la calle.

Conferencias como la del profesor Jiménez Arenas en el Aula Menesteo son uno de los pocos momentos en que esa historia sale de los departamentos universitarios y se presenta al público. Y merece la pena que salga. No solo porque es interesante — que lo es — sino porque explica algo fundamental: que El Puerto no es El Puerto por accidente. Que cada civilización que pasó por aquí — tartesios, fenicios, romanos, árabes, castellanos — vino por las mismas razones que los primeros cazadores-recolectores. El agua. El abrigo. La conexión entre el interior y el mar.

Eso no cambia. La geografía no cambia. Y entenderla es entender por qué esta ciudad existe.

Para saber más

  • Museo de Cádiz (Plaza de Mina, Cádiz): alberga colecciones arqueológicas de la provincia que incluyen piezas de época fenicia, tartésica y romana procedentes de yacimientos de la Bahía. Es el recurso más accesible para quien quiera ver objetos reales de estos períodos.
  • Universidad de Cádiz — Departamento de Historia, Geografía y Filosofía: referencia académica para investigaciones arqueológicas de la región. Publicaciones accesibles a través de su repositorio institucional.
  • Aula Menesteo: espacio cultural en El Puerto de Santa María que alberga conferencias y actividades de divulgación. Consulta su programación para próximos eventos relacionados con historia y patrimonio local.

El dato curioso

La palabra “Guadalete” viene del árabe وادي لكة — Wadi Lakka —, que a su vez podría derivar de un topónimo anterior, prerromano. Es decir: el nombre del río que define El Puerto tiene raíces que se hunden más allá del latín, más allá del árabe, posiblemente hasta las lenguas que hablaban los pueblos que vivían aquí antes de que existiera la escritura en la Península. Cada vez que un portuense dice “el Guadalete,” está pronunciando — sin saberlo — un eco de miles de años de historia.


Don Rafael Mendoza

Don Rafael Mendoza

Historiador Local

Catedrático jubilado y autor de tres libros sobre la historia portuense, Don Rafael ha dedicado su vida a documentar el patrimonio de El Puerto. Desde los fenicios hasta las bodegas centenarias, no hay piedra de esta ciudad que no conozca su historia.