El Toro del Aguardiente: la tradición centenaria que sacudió a El Puerto en la Feria de Primavera
Hay tradiciones que nacen en el corazón feroz de un pueblo y que, al desaparecer, dejan un vacío que ninguna otra fiesta consigue llenar del todo. El Toro del Aguardiente es una de ellas: una celebración tan salvajemente portuense que no es de extrañar que hoy la mayoría de los turistas no sepa ni que existió. Pero en El Puerto, en las tabernas del centro histórico, en las conversaciones de los que tienen cierta edad, ese toro sigue trotando por las calles del pasado como si acabara de suceder hace apenas unos años.
El nacimiento de la fiera: 1866 y las primeras madrigueras
La primera documentación oficial del Toro del Aguardiente en El Puerto de Santa María nos lleva a 1866. Imagínalo: el verano ardiente, el polvo de la plaza de toros flotando en el aire, y las autoridades locales pensando qué más podían ofrecer después de la corrida tradicional. ¿Qué mejor que una carrera de toros tempranera, al amanecer, donde los jóvenes más atrevidos de la ciudad corrieran con los animales?
El genio táctico fue brillantemente simple: soltar un toro en las calles mientras grupos de hombres —algunos sobrios, muchos menos— manejaban sogas atadas a sus cuernos, guiándolo como quien domina una fuerza bruta con el ingenio y la audacia. La entrada costaba cuatro cuartos. Había dinero en premios, distribuido por sorteo. Y sobre todo, había adrenalina pura en las venas de quienes se atrevían a intentarlo.
Pero lo que diferenciaba al Toro del Aguardiente de otras corridas populares eran sus enmaromados: toros soltados la víspera con sogas, preparando el espectáculo para el día grande. Era tradición que se expandía, que crecía, que adquiría su propia identidad portuense. Mientras Cádiz se enfocaba en las chirigotas, mientras Jerez se enorgullecía de sus bodegas, El Puerto inventaba su propio ritual de fuego y valor.
Una festividad que respiraba puro aguardiente
El nombre no es poético ni metafórico. El Toro del Aguardiente llevaba ese nombre porque, años atrás, botellas de licor se distribuían entre las calles, aseguradas con sogas, esperando a que los valientes se atrevieran. Esto no era un concurso; era una invitación directa al caos controlado, una celebración donde lo peligroso y lo festivo se confundían sin pudor.
Funcionaba así: madrugada en la Plaza de Toros o en las calles de la ciudad. Los primeros en llegar recibían chocolate con churros. El aguardiente corría generosamente. Cuando salía el toro —hambriento, furioso, lidiando con esas sogas que lo controlaban sin domar del todo su naturaleza— la ciudad se despertaba de golpe. No había vallas de seguridad sofisticadas. No había médicos en standby. Lo que había era la medida más pura de la valentía de un hombre contra la bestia.
Era peligroso. Era emocionante. Era perfectamente portuense.
La voz del progreso llega a matar la fiesta: 1869-1901
Porque claro, en toda ciudad hay gente que mira desde la lejanía y ve barbarismo donde otros ven tradición. Ya en 1869, apenas tres años después de los primeros registros, las autoridades locales comenzaron a poner límites: el toro tendría que estar embolado (con los cuernos embotados, redondeados) o manso de verdad. La fiesta se estaba domesticando antes de tiempo, como si el progreso tuviera miedo de los toros salvajes que El Puerto sacaba a la calle.
Luego llegaría Javier Piñero en 1910 con su artículo titulado “Escuela de barbarie” en la prensa local, cuestionando la civilización de una ciudad que permitía tal espectáculo. Su pregunta retórica: “¿qué es el progreso si no es la modificación constante de las costumbres?”
Fue un ataque mortal. Porque el Toro del Aguardiente no podía defenderse con letras ingeniosas como hacía el Carnaval. No tenía agrupaciones que cantaran sus glorias. Era solo violencia hermosa, tradición bruta, y en un mundo que avanzaba hacia leyes de protección animal y civilización urbana, no había lugar para una fiesta que existía simplemente porque sí.
Una Real Orden de 1901 prohibió los enmaromados a nivel nacional. El Toro del Aguardiente, aunque algunos lo celebraban en la clandestinidad, comenzó su lenta agonía. El progreso, como siempre, ganó.
El viaje subterráneo: 1901-1981
Durante ochenta años, El Toro del Aguardiente vivió en el submundo de El Puerto. No desapareció completamente —algo tan portuense nunca desaparece— sino que se convirtió en una celebración secreta, en una tradición que solo recordaban quienes la habían vivido, que se transmitía entre abuelos y nietos en susurros, como si fuera un secreto de familia.
Algunos historiadores locales mantienen que se celebraba de forma reducida, en círculos privados, durante esos años. Que en algunas fincas de las afueras, jóvenes valientes seguían burlándose del peligro con un toro y una soga. Pero la plaza de toros de la ciudad ya no lo recibía. Las autoridades lo habían exiliado de lo público.
Y entonces, en 1981, como si hubiera estado hibernando todo ese tiempo, El Puerto decidió recuperar su tradición. Hubo un breve, hermoso resurgimiento. El toro volvió. Los madrugadores volvieron con él. La ciudad palpitaba con algo que había dormido ochenta años pero nunca olvidó.
El final demasiado abrupto: 1985 y la muerte de una era
Pero el regreso duró poco. Apenas cuatro años después, en 1985, bajo el mandato del alcalde Rafael Gómez Ojeda, la ciudad tomó una decisión que cerró para siempre la puerta al Toro del Aguardiente. Los incidentes violentos que se producían en la plaza —tanto con los animales como con el público, con daños a las instalaciones— fueron demasiado para una ciudad que ya no sabía cómo convivir con su propia tradición salvaje.
Fue una muerte en frío. No gradual como la de otros rituales. Abrupta. Definitiva. Una decisión administrativa que hizo desaparecer de un plumazo lo que la ciudad no había podido matar en 1901.
El fantasma que sigue recorriendo las calles
Hoy, en 2026, el Toro del Aguardiente no existe en el calendario oficial de las fiestas portuenses. La Feria de Primavera que celebra El Puerto cada mayo brilla con el Toro de Osborne, gigantesco, iluminado, seguro. Eso es lo que se vende en las guías turísticas. Eso es lo que la ciudad moderna muestra con orgullo.
Pero si entras en la taberna adecuada en las noches de feria, si encuentras a alguien que tenga la edad suficiente, si le ofreces aguardiente y paciencia, te contará historias. Historias de madrugadas donde el toro corría y la ciudad contenía la respiración. Historias de hombres que midieron su valentía no contra un animal domesticado sino contra la muerte misma. Historias de una tradición que era pura folía, puro riesgo, puro El Puerto.
La ciudad cambió. Los valores de seguridad ganaron. El progreso hizo su trabajo. Pero en algún rincón de la memoria colectiva portuense, en esos espacios donde viven las cosas que decidimos olvidar, el Toro del Aguardiente sigue galopando. Y quizás eso, paradójicamente, sea lo único que la tradición necesita para ser inmortal.
Una nota sobre lo que se perdió
El Toro del Aguardiente no era solo una fiesta. Era una declaración: la de un pueblo que estaba dispuesto a vivir peligrosamente por la gloria de la tradición. En un mundo cada vez más seguro, más previsible, más domesticado, esa capacidad de una ciudad para celebrar lo salvaje, lo incierto, lo verdaderamente peligroso, merece ser recordada.
No necesariamente celebrada hoy. Pero sí recordada. Porque en El Puerto, como en toda ciudad que se respeta, hay cosas que murieron pero que nunca mueren del todo. Solo dormitan, esperando en las historias que los abuelos cuentan, en el aguardiente que alguien sorbe mirando al atardecer sobre la bahía, en la memoria de un pueblo que una vez fue tan salvajemente libre que ni siquiera el progreso pudo domesticarlo del todo.
Para saber más
- Gente del Puerto: Documentación histórica sobre festividades locales y tradiciones centenarias
- Archivo Municipal de El Puerto: Registros de eventos de 1866 en adelante
- Historiadores locales: Los guardianes reales de estas historias viven en El Puerto; una cerveza en la Plaza de las Galeras es tu mejor investigación
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