La Fundación La Vicuña propone rehabilitar el Molino Platero de El Puerto
Cuando se habla de la historia de El Puerto de Santa María, las palabras que aparecen primero son siempre las mismas: vino, sherry, Cargadores a Indias, bodegas centenarias. Nombres ilustres y fortunas ultramarinas. Pero hubo otra historia, más callada y más esencial, que transcurría lejos de los salones señoriales: la de los molinos que molían el grano, la de los trabajadores que alimentaban a la ciudad cada día. El Molino Platero es uno de los últimos testigos de esa historia. Y ahora, La Fundación La Vicuña quiere devolverle la vida.
Un molino para alimentar una ciudad
Para entender qué significó el Molino Platero hay que olvidarse por un momento de las grandes narrativas comerciales y pensar en algo más básico: el pan. El Puerto del siglo XIX era una ciudad en crecimiento, con una población que necesitaba comer. Y para comer hacía falta harina. Y para tener harina hacía falta un molino.
Los molinos harineros no eran edificios glamurosos. No aparecían en los grabados de época ni en las crónicas de viajeros románticos. Eran infraestructura pura, edificios funcionales donde el grano llegaba y la harina salía, donde las piedras giraban desde el amanecer y donde los molineros trabajaban jornadas interminables entre el polvo y el ruido de la maquinaria. El Molino Platero formaba parte de ese tejido productivo que sostenía la vida cotidiana de El Puerto.
El origen exacto de su nombre — platero — no está claro: pudo ser un apellido, una referencia al entorno, una herencia topográfica que ya nadie recuerda. Lo que sí es seguro es que este molino pertenece a la historia de la gente corriente, no a la de las grandes casas comerciales.
El patrimonio industrial que nadie ve
El Puerto de Santa María conserva un patrimonio monumental extraordinario — el Castillo de San Marcos, la Iglesia Mayor Prioral, los palacios de los cargadores — pero tiene también otro patrimonio menos visible, más modesto en sus formas pero igual de revelador: el patrimonio industrial. Molinos, almacenes, talleres, infraestructuras portuarias. Edificios que no se construyeron para impresionar sino para funcionar.
Este tipo de patrimonio ha sido históricamente el más vulnerable. Los palacios se restauran porque son bellos. Las iglesias se mantienen porque siguen en uso. Pero un molino abandonado, sin función económica y sin el brillo de la arquitectura noble, pasa fácilmente de la obsolescencia al olvido y del olvido a la ruina. Es la historia de tantos edificios industriales en toda la provincia de Cádiz: se dejan caer hasta que un día ya no queda nada que salvar.
El Molino Platero ha resistido ese destino, al menos hasta ahora. El edificio sigue en pie, deteriorado por el tiempo y el abandono, pero presente en el paisaje urbano de El Puerto como un recordatorio silencioso de que esta ciudad no fue solo vino y comercio ultramarino. También fue grano, harina y pan.
La propuesta de La Fundación La Vicuña
Aquí es donde la historia deja de ser solo pasado y se convierte en presente. La Fundación La Vicuña ha puesto sobre la mesa una propuesta para rehabilitar el Molino Platero, sacándolo de su estado de abandono y devolviéndolo a la vida cultural de El Puerto.
Su interés por el Molino Platero responde a una visión que está ganando fuerza en toda España: la idea de que los edificios industriales históricos merecen la misma atención y protección que los monumentos religiosos o civiles. Un molino harinero del siglo XIX no es menos patrimonio que un palacio barroco — es simplemente patrimonio de otra clase social, de otra función, de otra memoria.
Los detalles concretos de la rehabilitación — alcance de las obras, plazos, financiación, uso futuro del edificio — dependerán de estudios técnicos y de la coordinación con las administraciones competentes. Lo que ya existe es la voluntad de actuar y la identificación del Molino Platero como un edificio que merece ser recuperado. En el mundo de la conservación patrimonial, ese primer paso — que alguien señale un edificio y diga “esto hay que salvarlo” — es a menudo el más importante.
Por qué un molino importa más de lo que parece
Restaurar un molino no es solo salvar un edificio viejo. Es una declaración sobre qué historia consideramos digna de ser contada.
Durante décadas, la narrativa histórica de El Puerto ha privilegiado a sus protagonistas más ilustres: los duques de Medinaceli, los comerciantes de Indias, los fundadores de bodegas legendarias. Y con razón — esa historia es fascinante y real. Pero existe otra capa, más profunda y más extensa, que rara vez se cuenta: la de las familias que trabajaban en los molinos, en los talleres, en las salinas. La de la gente que no dejó su nombre en ningún palacio pero que hizo posible que la ciudad funcionara.
El Molino Platero es una puerta de entrada a esa historia. Un edificio restaurado puede convertirse en un espacio donde se explique cómo funcionaba un molino harinero, qué significaba el oficio de molinero, cómo era la vida cotidiana en el Puerto del siglo XIX lejos de las grandes casas comerciales. Es patrimonio que enseña, que humaniza, que completa el relato.
Además, hay un argumento pragmático que no conviene ignorar: el patrimonio industrial restaurado funciona. Sin ir más lejos, el Matadero de Madrid — un antiguo matadero municipal de principios del siglo XX — es hoy uno de los centros culturales más activos de España, con exposiciones, residencias artísticas y programación continua que ha transformado un barrio entero. En Andalucía, antiguas fábricas y almacenes reconvertidos en espacios culturales han demostrado que la rehabilitación no solo conserva memoria sino que genera actividad económica, atrae visitantes y revitaliza barrios.
El momento es ahora
La presión urbanística sobre el patrimonio histórico de El Puerto es real. Los edificios que no se protegen acaban desapareciendo, sustituidos por construcciones nuevas o simplemente derribados cuando su deterioro los convierte en un peligro. Cada año que pasa sin intervención es un año más de daño estructural, de pérdida de elementos originales, de erosión irreversible.
La propuesta de La Fundación La Vicuña llega en un momento en el que la conciencia sobre el patrimonio industrial está creciendo en toda Andalucía. Cada vez más voces — académicas, ciudadanas, institucionales — reclaman que los edificios del trabajo y la producción reciban la misma consideración que los monumentos del poder y la religión. El Molino Platero encaja perfectamente en ese movimiento.
Pero las buenas intenciones, por sí solas, no salvan edificios. Hace falta financiación, voluntad política, coordinación administrativa y el apoyo de una ciudadanía que entienda que proteger un molino viejo no es nostalgia: es justicia histórica.
Visita práctica
Ubicación: La zona del Molino Platero se sitúa en torno a la Calle Molino del Platero, en las afueras del casco urbano de El Puerto de Santa María. El topónimo, que da nombre tanto a la calle como al camino histórico, es uno de los pocos vestigios que confirman la presencia de este molino en el paisaje local.
Estado actual: No existe acceso público regular al interior del edificio. La zona puede recorrerse a pie como parte de un paseo por el entorno periurbano de El Puerto, lejos de las rutas turísticas habituales.
Seguimiento del proyecto: Para conocer el avance de la propuesta de rehabilitación, se puede consultar a La Fundación La Vicuña a través de sus canales oficiales (fundacionlavicuna.com).
Patrimonio cercano: Un recorrido por el patrimonio industrial de El Puerto puede complementarse con visitas al casco histórico, donde las antiguas bodegas y almacenes portuarios ofrecen otra perspectiva de la ciudad productiva.
El dato curioso
Los molinos harineros tradicionales no solo molían trigo. Dependiendo de la temporada y la demanda, procesaban también cebada, centeno y otros cereales que formaban parte de la dieta popular. El molinero era, en cierto sentido, el primer eslabón de la cadena alimentaria de toda una ciudad: si el molino paraba, no había harina; si no había harina, no había pan; y si no había pan, había hambre. Pocos oficios, por humildes que parezcan, han tenido tanta responsabilidad sobre sus hombros como el del molinero.
El Molino Platero lleva demasiado tiempo en silencio. Si la propuesta de La Fundación La Vicuña sigue adelante, sus muros volverán a contar una historia que El Puerto necesita escuchar: la de los que trabajaron, molieron y alimentaron a una ciudad entera sin que nadie les dedicara una placa.
Don Rafael Mendoza
Historiador LocalCatedrático jubilado y autor de tres libros sobre la historia portuense, Don Rafael ha dedicado su vida a documentar el patrimonio de El Puerto. Desde los fenicios hasta las bodegas centenarias, no hay piedra de esta ciudad que no conozca su historia.