Historia

La Plaza de las Galeras Reales: el astillero donde España dominó el mar

17 de febrero de 2026
11 min de lectura
La Plaza de las Galeras Reales: el astillero donde España dominó el mar

La Plaza de las Galeras Reales: el astillero donde España dominó el mar

Hay una plaza en El Puerto de Santa María que casi nadie mira dos veces. Está junto al Guadalete, frente al Parque Calderón, y tiene una fuente de 1735 que los niños usan para mojarse en verano. Se llama Plaza de las Galeras Reales. Y durante más de un siglo, fue el centro neurálgico del mayor poder naval del planeta.

No es una exageración. Desde mediados del siglo XVI hasta bien entrado el XVII, esa plaza y las riberas del Guadalete que la rodean fueron el lugar donde invernaba, se reparaba y se armaba la flota de Galeras Reales de la Corona española. El Puerto no era un pueblo costero más de la bahía de Cádiz: era la base de operaciones de la Capitanía General del Mar Océano. El lugar desde el que España controlaba el Estrecho de Gibraltar — la puerta entre el Atlántico y el Mediterráneo, entre Europa y África, entre el viejo mundo y todo lo que estaba por venir.

Antes de las galeras: un río que construía barcos

Para entender por qué el rey eligió El Puerto, hay que entender el Guadalete. No el río manso y arenoso que ves hoy paseando por el malecón, sino el Guadalete del siglo XV: un estuario profundo, navegable, protegido del oleaje atlántico por la propia bahía de Cádiz. Un puerto natural perfecto.

Los astilleros del Guadalete llevaban siglos construyendo y reparando embarcaciones. Cuando Alfonso X el Sabio fundó aquí la Orden de Santa María de España, hacia 1272 — una de las primeras órdenes navales de la historia — no lo hizo por capricho: lo hizo porque El Puerto ya tenía la infraestructura, los carpinteros de ribera y la tradición marinera que hacían falta para mantener una flota de guerra.

En el siglo XV, esa tradición estaba en su apogeo. Los astilleros portuenses construían naos y carabelas para comerciantes, para nobles, para la propia Corona. Cuando Colón preparó su primer viaje en 1492, fue en El Puerto donde encontró parte de los marineros, la logística y el apoyo del duque de Medinaceli. Las aguas del Guadalete vieron pasar los barcos que cambiaron el mapa del mundo. Pero aquello fue solo el aperitivo.

La Armada de Galeras Reales: cuando el rey miró hacia El Puerto

A mediados del siglo XVI, Felipe II tenía un problema. El Mediterráneo hervía de corsarios berberiscos, el Imperio otomano presionaba desde el este, y las rutas comerciales del Atlántico — las que traían el oro y la plata de las Américas — necesitaban protección constante. La respuesta fue la creación de la Armada de Galeras Reales: una flota de guerra permanente, con base fija, tripulación estable y capacidad de despliegue rápido.

¿Y dónde poner esa base? El Puerto de Santa María.

La decisión no fue arbitraria. El Puerto controlaba la entrada del Guadalete, que ofrecía abrigo natural para las galeras durante el invierno. Estaba a tiro de piedra de Cádiz — el gran puerto comercial — pero sin su exposición al mar abierto. Tenía astilleros capaces de reparar y carenar embarcaciones de guerra. Tenía artesanos que sabían trabajar la madera de roble, el cáñamo, la brea. Y tenía una población acostumbrada a convivir con marineros, soldados y todo lo que acompaña a una flota militar.

Así nació la base naval que convertiría a El Puerto en una de las ciudades más estratégicas de Europa.

La plaza que alimentaba imperios

Imagina El Puerto en 1570. Donde hoy hay una plaza tranquila con una fuente, entonces había un hervidero de actividad militar y artesanal. Las galeras reales — enormes embarcaciones de remo y vela, armadas con cañones en la proa — se alineaban en las riberas del Guadalete durante los meses de invierno. Docenas de ellas. Cada una necesitaba reparaciones, aprovisionamiento, tripulación.

Los carpinteros de ribera trabajaban en los cascos. Los calafates sellaban las juntas con estopa y brea. Los cordeleros trenzaban cabos. Los herreros forjaban clavos y herrajes. Los panaderos horneaban el bizcocho de marinero que alimentaría a las tripulaciones durante meses. Los bodegueros llenaban barriles de vino — ese fino que El Puerto ya producía — para la travesía. Los comerciantes movían madera, lona, pólvora, carne salada.

La economía de El Puerto giraba, en buena parte, alrededor de esas galeras. No era un simple fondeadero: era el hogar de la flota. Luis de Requesens y Zúñiga, lugarteniente de don Juan de Austria — el héroe de Lepanto —, fundó aquí una cofradía para oficiales y tripulantes. El Puerto era el lugar donde los marinos rezaban antes de zarpar hacia batallas de las que muchos no volverían.

La Capitanía General del Mar Océano

El título suena grandilocuente, y lo era. La Capitanía General del Mar Océano era el mando supremo de las operaciones navales españolas en el Atlántico. Y su sede estuvo en El Puerto de Santa María.

Piénsalo un momento. En un siglo en el que España controlaba un imperio que se extendía desde Filipinas hasta el Perú, desde Flandes hasta el Río de la Plata, la oficina desde la que se coordinaba la defensa naval del Atlántico estaba aquí. En esta ciudad. Junto a este río.

Los capitanes generales del Mar Océano — algunos de los hombres más poderosos del imperio — vivían y despachaban en El Puerto. Las órdenes que protegían los galeones de la Carrera de Indias, cargados de plata americana, salían de aquí. Las decisiones que enviaban galeras a combatir piratas en el Estrecho se tomaban aquí. El Puerto no era periferia: era centro de mando.

Cristóbal de Rojas y el sueño de unas atarazanas

En 1603, el ingeniero militar Cristóbal de Rojas diseñó un proyecto ambicioso: construir unas atarazanas completas — un astillero cubierto — para las Galeras Reales en El Puerto. El edificio mediría 325 por 230 pies y albergaría talleres de carpintería, almacenes de repuestos, un taller de remos, y una dársena para el carenado de cascos. Un complejo industrial militar en toda regla.

El proyecto revela el nivel de actividad que había en El Puerto. No se diseña un astillero de esas dimensiones para cuatro barcas. Se diseña para una flota que necesita mantenimiento constante, reparaciones de urgencia, y la capacidad de poner barcos en el agua cuando el rey lo ordene. El Puerto era, en la práctica, el arsenal del Atlántico español.

No está claro si las atarazanas de Rojas llegaron a construirse en su totalidad. Pero el dibujo sobrevive como testimonio de lo que El Puerto significaba para la Corona: lo suficiente como para invertir en infraestructura permanente de guerra naval.

El Puerto y la Primera Vuelta al Mundo: lo que sabemos y lo que no

Cuando se habla de la Plaza de las Galeras Reales, surge inevitablemente la conexión con la expedición de Magallanes y Elcano — la Primera Vuelta al Mundo de 1519-1522. Es tentador imaginar que las cinco naos que circunnavegaron el globo se construyeron aquí, en los astilleros del Guadalete. Pero la historia exige rigor, y el rigor exige matices.

Lo que sabemos con certeza: las cinco naos de la expedición — la Trinidad, la San Antonio, la Victoria, la Concepción y la Santiago — fueron adquiridas por la Casa de Contratación de Sevilla entre 1518 y 1519. Los documentos indican que procedían mayoritariamente de astilleros del norte de España. La Victoria, la única nao que completó la circunnavegación, fue construida en Ondarroa, Vizcaya, y pertenecía al armador Domingo de Apallua. La Trinidad venía de Lequeitio. La San Antonio, de Erandio. La Concepción había sido construida en Galicia.

Lo que también sabemos: la flota partió de Sevilla el 10 de agosto de 1519, descendió por el Guadalquivir, y permaneció más de un mes en Sanlúcar de Barrameda antes de zarpar definitivamente el 20 de septiembre. El Puerto de Santa María está a un tiro de piedra de Sanlúcar, al otro lado de la desembocadura del Guadalquivir. Era parte del mismo ecosistema marítimo de la bahía de Cádiz.

¿Pasaron esas naos por El Puerto para reparaciones o aprovisionamiento? Es más que probable. Los astilleros del Guadalete eran los más cercanos y mejor equipados de la zona. ¿Se construyeron aquí? Los documentos disponibles no lo confirman. Y un artículo que se precie de rigor histórico no puede afirmar lo que los archivos no sostienen.

Lo que sí es innegable: El Puerto de Santa María formaba parte del entramado logístico y naval que hizo posible la era de las grandes exploraciones. Sin sus astilleros, sus marineros, sus recursos y su posición estratégica, expediciones como la de Magallanes habrían sido mucho más difíciles — si no imposibles.

1668: el final de una era

El Guadalete, que había hecho grande a El Puerto, acabó traicionándolo. A lo largo de los siglos, la arena fue cegando la desembocadura del río. Los barcos cada vez más grandes tenían cada vez más dificultad para entrar y salir. En 1668, la Corona trasladó el invernadero de las Galeras Reales a Cartagena. Las galeras dejaron de venir.

El Puerto conservó la Capitanía General del Mar Océano durante un tiempo más, pero el daño estaba hecho. Sin las galeras, la ciudad perdió buena parte del motor económico que la había sostenido durante más de un siglo. Los astilleros fueron menguando. Los carpinteros de ribera buscaron otros oficios. Las riberas del Guadalete, que habían sido un arsenal, se fueron convirtiendo en paseo.

Es la historia de tantas ciudades que vivieron del mar: cuando el mar cambia, la ciudad cambia con él.

Lo que queda hoy: la Fuente de las Galeras

En 1735, bajo el reinado de Felipe V, el capitán general de Bética, don Tomás de Idiáquez, mandó construir una fuente monumental en la plaza. La terminó el director de obras don Bartolomé de Mendiola. No era una fuente decorativa: servía para abastecer de agua a la población, a los barcos mercantes y de guerra, y para enviar agua a la vecina Cádiz.

Esa fuente sigue ahí. La llaman la Fuente de las Galeras, y es uno de los monumentos más reconocibles de El Puerto. Está junto al Parque Calderón, mirando al Guadalete, y los turistas pasan por delante sin saber que marca el lugar donde España tuvo su base naval atlántica durante más de cien años.

Visita práctica

Plaza de las Galeras Reales, frente al Parque Calderón, junto al río Guadalete. Acceso libre las 24 horas.

  • La Fuente de las Galeras: Construida en 1735, es el elemento más visible de la plaza. Busca las inscripciones en la piedra — cuentan quién la mandó construir y para qué servía.
  • Paseo del Guadalete: Desde la plaza, camina río abajo hacia la desembocadura. Estás recorriendo las riberas donde invernaban las Galeras Reales. Imagina docenas de embarcaciones de guerra alineadas donde hoy hay bancos y farolas.
  • Castillo de San Marcos: A diez minutos andando. Sede de la Orden de Santa María de España, fundada por Alfonso X hacia 1272. Visitas guiadas de martes a sábado (consultar castillodesanmarcos.com).
  • Centro de Interpretación de Cargadores a Indias: Para entender el papel de El Puerto en la Carrera de Indias y el comercio con América.
  • Consejo: Pregunta en la Oficina de Turismo por el itinerario marítimo del centro histórico. Los guías locales conocen detalles sobre la vida en torno a las galeras que no aparecen en ningún folleto.

El dato curioso

La palabra “galeote” — el remero forzado que movía las galeras — tiene su historia más oscura en El Puerto. Los galeotes eran presos condenados a remar, y durante el invierno, cuando las galeras estaban varadas en el Guadalete, esos hombres vivían encadenados en las riberas de la ciudad. Luis de Requesens y Zúñiga fundó un oratorio específicamente para ellos, porque incluso los condenados necesitaban consuelo espiritual. Ese oratorio, hoy desaparecido, estaba en las inmediaciones de la plaza.

Es un recordatorio incómodo de que la grandeza naval española se construyó, en parte, sobre el sufrimiento de los que remaban. Y de que El Puerto fue testigo de todo: de la gloria y de su precio.


Don Rafael Mendoza

Don Rafael Mendoza

Historiador Local

Catedrático jubilado y autor de tres libros sobre la historia portuense, Don Rafael ha dedicado su vida a documentar el patrimonio de El Puerto. Desde los fenicios hasta las bodegas centenarias, no hay piedra de esta ciudad que no conozca su historia.