Historia

El portaviático de plata de El Hospitalito: un objeto pequeño que cuenta una historia enorme

17 de febrero de 2026
9 min de lectura
El portaviático de plata de El Hospitalito: un objeto pequeño que cuenta una historia enorme

El portaviático de plata de El Hospitalito: un objeto pequeño que cuenta una historia enorme

Cabe en una mano. Pesa menos que un libro de bolsillo. Es un recipiente de plata que un sacerdote llevaba bajo la capa mientras caminaba por las calles de El Puerto de Santa María rumbo a la cama de alguien que se moría. Dentro iba una hostia consagrada — el viático, el último sacramento —, y ese camino entre la iglesia y el lecho del enfermo era, para la persona que esperaba, probablemente el acto de cuidado más importante de su vida.

El portaviático que se exhibe estos días en El Hospitalito no es una pieza de museo al uso. Es una pregunta hecha de plata: ¿qué significaba cuidar a alguien en el siglo XVIII? La respuesta, como casi todo lo que importa, es más compleja de lo que parece.

Qué es un portaviático (y por qué merece tu atención)

El viático — del latín viaticum, provisión para el viaje — era la Eucaristía administrada a los moribundos. No un ritual cualquiera: era el pasaporte espiritual para el tránsito entre este mundo y el siguiente. La Iglesia católica consideraba que morir sin viático era una de las peores desgracias que podían ocurrirle a un cristiano. No por castigo, sino por desamparo.

Para llevar esa hostia desde el templo hasta la casa del enfermo hacía falta un recipiente digno. Los portaviáticos — también llamados portaviáticos de enfermos o crismeras de viático — eran pequeñas cajas o cápsulas de metal, a menudo de plata, diseñadas para que el sacerdote pudiera transportar el sacramento con reverencia y seguridad. Algunos se colgaban del cuello; otros se portaban en las manos, envueltos en un paño litúrgico.

El que se exhibe en El Hospitalito es una pieza plateada de finales del siglo XIX o principios del XX, recuperada de la cripta del propio hospital. No es una obra maestra de la orfebrería sevillana — no pretende serlo. Es un objeto de uso cotidiano, funcional, gastado por las manos que lo llevaron cientos de veces por las calles de El Puerto. Y eso es precisamente lo que lo hace extraordinario.

El Hospital de la Divina Providencia: donde curar y rezar eran lo mismo

Para entender el portaviático hay que entender el lugar donde se usaba.

El 12 de septiembre de 1750, dos sacerdotes seculares fundaron en El Puerto de Santa María el Hospital de la Divina Providencia, conocido hoy como El Hospitalito. No era un hospital en el sentido moderno — con batas blancas y protocolos clínicos —, sino algo que en aquella época se entendía como mucho más ambicioso: una institución de triple función.

Hospital para enfermos pobres. Asilo para desamparados. Escuela para niñas.

Tres servicios bajo un mismo techo, financiados por la caridad y administrados con una eficiencia que hoy sorprende. Para 1760 — apenas diez años después de su fundación — el hospital había atendido a más de tres mil beneficiarios. En una ciudad que entonces no llegaba a los quince mil habitantes, eso significa que una de cada cinco personas había pasado por sus puertas.

La Divina Providencia fue una de las primeras instituciones de España en combinar estas tres funciones. No existía separación entre el cuidado del cuerpo y el cuidado del alma: el médico y el sacerdote trabajaban en el mismo edificio, atendían a las mismas personas, formaban parte del mismo proyecto. El portaviático no era un accesorio religioso que se guardaba en un cajón hasta que hacía falta. Era una herramienta de trabajo, tan necesaria como el bisturí o el mortero de la botica.

Las mujeres invisibles

Hay un silencio en la historia de El Hospitalito que el portaviático hace más audible, paradójicamente.

Los fundadores del hospital fueron dos sacerdotes cuyos nombres conocemos. Los benefactores que donaron dinero quedaron registrados en actas notariales. Pero quienes llevaban el día a día — las que lavaban las heridas, alimentaban a los enfermos, enseñaban a las niñas a leer, velaban a los moribundos en las horas más oscuras de la noche — eran, con toda probabilidad, mujeres religiosas. Hermanas de la caridad o figuras similares cuya labor fue la columna vertebral de la institución durante décadas.

En la España del XVIII, los hospitales de caridad dependían casi por completo de congregaciones femeninas para su funcionamiento. Eran ellas las que administraban la botica, gestionaban las provisiones, organizaban los turnos de cuidado. Los sacerdotes fundaban; las hermanas hacían que todo funcionara. Y sin embargo, sus nombres no aparecen en los documentos fundacionales. Sus contribuciones no se recogen en las crónicas de la ciudad. Eran las manos que sostenían al enfermo mientras el sacerdote administraba el viático que este portaviático transportaba. Y la historia, con esa selectividad que tiene para recordar a unos y olvidar a otros, las dejó fuera.

El portaviático, en cierto modo, es un testigo mudo de su trabajo. Alguien preparaba al enfermo para recibir el sacramento. Alguien limpiaba la estancia, cambiaba las sábanas, explicaba a la familia lo que iba a ocurrir. Alguien se quedaba después, cuando el sacerdote ya se había marchado, sosteniendo la mano de quien ya no necesitaba palabras sino presencia. Ese alguien era, casi con certeza, una mujer cuyo nombre no conocemos. El portaviático recuerda el gesto del sacerdote. La historia de las hermanas hay que imaginarla.

Lo que un objeto revela sobre los valores de una ciudad

Una institución gasta dinero en lo que considera importante. El Hospitalito, con recursos limitados y una población vulnerable que atender, eligió encargar un portaviático bañado en plata. No de madera. No de hojalata desnuda. Plata, aunque fuera modesta: lo mejor que podían permitirse para lo que más les importaba.

Esa decisión dice más sobre la escala de valores de El Puerto del siglo XVIII que cualquier discurso. La atención espiritual al moribundo no era un complemento del tratamiento médico: era parte del tratamiento. No se concebía curar el cuerpo sin atender el alma, del mismo modo que no se concebía alimentar a un huérfano sin educarlo.

Es una visión del cuidado que hoy llamaríamos “integral” o “holística” — términos modernos para una idea que los fundadores de la Divina Providencia practicaban doscientos cincuenta años antes de que se pusieran de moda. No por adelantados a su tiempo, sino porque para ellos no había otra forma de hacerlo. Separar lo físico de lo espiritual habría sido, sencillamente, incomprensible.

La exposición: febrero y marzo de 2026

El portaviático forma parte de una exposición temporal en El Hospitalito que rescata objetos recuperados durante las obras de rehabilitación del edificio. Piezas que estaban en la cripta, en almacenes, en rincones que llevaban décadas — en algunos casos siglos — sin que nadie los abriera. El propio proceso de rehabilitación ha sido una excavación involuntaria: bajo los suelos de la capilla aparecieron enterramientos, y en los espacios olvidados del edificio, objetos litúrgicos y cotidianos que cuentan la historia diaria de una institución que funcionó durante más de un siglo.

La muestra es pequeña, íntima, sin las pretensiones de una gran exposición institucional. Y precisamente por eso funciona. No hay pantallas interactivas ni audioguías: hay objetos en vitrinas y la arquitectura del propio Hospitalito como marco. El patio porticado, las escaleras de piedra, la capilla con restos de su decoración original — todo eso forma parte de la experiencia tanto como las piezas expuestas.

Ver el portaviático en el mismo edificio donde se usó durante generaciones es algo que ningún museo convencional puede replicar. No es un objeto descontextualizado en una vitrina aséptica. Está en casa. Y el edificio — que se prepara para convertirse en el futuro Museo de la Ciudad — empieza ya, con esta exposición, a ensayar lo que será su nueva vida: un lugar donde El Puerto se mira en el espejo de su propia historia.

Visita práctica

Qué: Exposición temporal de objetos recuperados de El Hospitalito, incluyendo el portaviático de plata.

Cuándo: Febrero y marzo de 2026. Consulta horarios actualizados a través del Ayuntamiento de El Puerto o las redes sociales de la concejalía de patrimonio, ya que se organizan visitas puntuales.

Dónde: El Hospitalito, calle Misericordia, casco histórico de El Puerto de Santa María. A pocos pasos de la Iglesia Mayor Prioral.

Cómo llegar: Desde la Plaza de España, toma la calle Larga y gira a la derecha por Luna hasta llegar a Misericordia. El edificio es inconfundible por su fachada barroca de piedra ostionera.

Precio: Gratuito.

Combina con: Un paseo por el casco histórico visitando las fachadas de las casas palacio, la Iglesia Mayor Prioral y el Castillo de San Marcos, todos a pocos minutos a pie.

El dato curioso

Cuando un sacerdote llevaba el viático por las calles, no iba solo. La tradición exigía que le acompañara un monaguillo haciendo sonar una campanilla para avisar a los vecinos. Al escucharla, la gente se arrodillaba, se descubría o se santiguaba — da igual lo que estuviera haciendo. El panadero dejaba el horno. El herrero soltaba el martillo. La lavandera se secaba las manos. La ciudad entera se detenía, por un instante, para reconocer que alguien estaba muriendo y que no iba a morir solo.

Esa campanilla ya no suena en las calles de El Puerto. Pero el portaviático sigue aquí, guardado en el mismo edificio donde empezó su camino. Y si te acercas a verlo, si te paras un momento delante de esa pequeña caja de plata gastada por el uso, quizá escuches algo. No la campanilla. Algo más silencioso. La idea de que cuidar a alguien — de verdad cuidarlo — significa no dejarlo solo en el momento que más importa.


Don Rafael Mendoza

Don Rafael Mendoza

Historiador Local

Catedrático jubilado y autor de tres libros sobre la historia portuense, Don Rafael ha dedicado su vida a documentar el patrimonio de El Puerto. Desde los fenicios hasta las bodegas centenarias, no hay piedra de esta ciudad que no conozca su historia.