La Punta de San Felipe: paseo entre marismas y atardeceres inolvidables
Lo primero que notas es el silencio. No el silencio de un sitio vacío — el silencio de un sitio que funciona sin ti. El agua se mueve entre los canales de la marisma con un sonido grave, casi respiratorio. Una garza se levanta sin prisa desde el borde del estero, cruza delante de ti y aterriza treinta metros más allá como si no hubieras existido nunca. El viento trae sal, barro tibio, algo vegetal que no sabrías nombrar pero que tu cuerpo reconoce.
Estás en la Punta de San Felipe. Y la ciudad, a diez minutos en coche, parece otro mundo.
Un lugar que no pide nada
Hay sitios en El Puerto que todo el mundo conoce. Las bodegas, la playa de Valdelagrana, el castillo, los bares del centro. Y luego están los sitios que los portuenses guardan sin decirlo en voz alta: rincones que no tienen cartel, ni entrada, ni hashtag. La Punta de San Felipe es uno de esos.
Es un promontorio natural que se adentra en la Bahía de Cádiz desde la zona de las marismas del Guadalete. Una lengua de tierra estrecha — a veces apenas cinco o seis metros de ancho — con agua a los dos lados y el horizonte abierto al frente. Forma parte del complejo de marismas y salinas que la Unión Europea protege como zona Natura 2000, pero no tiene centro de visitantes, ni aparcamiento asfaltado, ni señalización turística. Lo que tiene es espacio, luz y esa clase de quietud que ya casi no se encuentra.
No es un secreto, exactamente. Los vecinos de la zona lo conocen. Los que sacan al perro por la tarde, los que pescan con paciencia en el borde del agua, algún observador de aves con telescopio y termo. Pero no verás autobuses. No verás chiringuitos. No verás a nadie haciendo fotos para redes. La Punta es un sitio donde la gente va a estar, no a hacer.
Y eso, hoy, es un lujo raro.
La ruta: kilómetro y medio que cambian el tempo
El paseo completo son unos kilómetro y medio de ida — dos kilómetros si haces el pequeño bucle de vuelta por el borde alternativo. Terreno llano, sin dificultad técnica, apto para cualquier persona que pueda caminar media hora. Pero no es un paseo rápido. No porque sea difícil, sino porque el paisaje te frena. Te obliga a mirar.
Salida: zona de aparcamiento
El punto de acceso está en la zona conocida como Cabaña Vega, al sureste del centro, hacia el estuario del Guadalete. Aparcamiento de gravilla, informal, con capacidad para ocho o diez coches. No está señalizado como atracción turística — simplemente es donde la gente deja el coche para acceder a la marisma. Desde aquí ya se ve el paisaje abierto: la extensión verde-gris del humedal, los canales de agua reflejando el cielo, y al fondo la silueta de Cádiz cuando la calima lo permite.
Primer tramo: el borde de la marisma (400 metros)
El camino arranca pegado a la marisma. A la izquierda, el ecosistema de las salicornias — esas plantas rechonchas, casi suculentas, que crecen donde nada más crece porque toleran la sal como si nada. A la derecha, el agua abierta de la bahía. El suelo es tierra compactada que después de lluvias puede volverse barrizal, así que zapatillas deportivas mínimo; botas si ha llovido recientemente.
Aquí es donde el ritmo cambia. No porque pase algo espectacular, sino porque el espacio se abre y tú te encoges. El horizonte es bajo — no hay edificios, no hay árboles altos, no hay nada vertical excepto alguna garza y tú. La sensación es de exposición. De estar dentro del paisaje en vez de mirarlo desde fuera.
Si vienes por la mañana temprano, las aves están activas. Garzas reales alimentándose en las orillas. Correlimos moviéndose en grupos nerviosos por el barro. En época de migración — septiembre-octubre y febrero-abril — la densidad de vida sube: espátulas, avocetas, agujas colinegras, chorlitos. No necesitas ser ornitólogo para disfrutarlo. Solo necesitas paciencia y, si puedes, unos prismáticos.
Segundo tramo: el pasaje abierto (600 metros)
El camino se ensancha ligeramente. La marisma se abre a la derecha y de pronto entiendes la geografía de El Puerto de un modo que ningún mapa te da. Ves cómo el sistema del Guadalete funciona: los canales de agua serpenteando entre las lenguas de tierra, las zonas de evaporación donde la sal cristaliza en verano, el juego constante entre agua dulce y salada que define este territorio.
Este es el tramo donde la luz de tarde se vuelve absurda. Si vienes a partir de las cinco en invierno o las siete en verano, el sol bajo convierte todo en oro. El agua refleja, las salicornias se retroiluminan, y esa bruma baja que a veces se levanta del agua crea una atmósfera que parece pintada. No exagero. He visto atardeceres en muchos sitios. Los de la Punta de San Felipe están en otra categoría.
Con levante, este tramo puede ser ventoso — nada peligroso, pero el pelo se te va a la cara y los prismáticos tiemblan. Con poniente, la brisa es suave, húmeda, casi agradable incluso en los meses frescos. Los portuenses sabemos: con poniente se sale; con levante, se resiste.
Tercer tramo: la punta (200 metros)
Aquí la tierra se estrecha hasta convertirse en un pasillo natural de cinco o seis metros con agua — o casi agua — a ambos lados. Es el punto donde entiendes por qué se llama punta: estás literalmente al final de una lengua de tierra que se mete en la bahía.
La vista se abre a casi 180 grados. Al frente, la Bahía de Cádiz. A la izquierda, la desembocadura del Guadalete y las marismas interiores. A la derecha, las aguas más abiertas hacia el Atlántico. En días claros se distingue Cádiz al otro lado, con su perfil bajo y su cúpula de la Catedral brillando al sol.
Y el silencio. El silencio de verdad. No el silencio del campo, que tiene tractores y perros. El silencio del agua moviéndose sin prisa, de los pájaros comunicándose a lo lejos, del viento pasando sobre la hierba salada. Es un silencio que tiene textura.
La tradición local asocia el nombre «San Felipe» con alguna estructura defensiva menor — una de tantas vigías que controlaban el tráfico de la bahía durante los siglos del comercio con América. No quedan restos visibles, o si quedan, el tiempo y la marisma los han absorbido. Lo que queda es el nombre y el lugar.
Vuelta: el bucle alternativo (300 metros)
Se puede volver por el mismo camino — es corto y no aburre, porque la luz habrá cambiado — o hacer un pequeño desvío bordeando la punta por el lado contrario. La perspectiva cambia lo suficiente para que merezca la pena: detalles que no viste de ida aparecen de vuelta. Un canal que no habías notado. Un grupo de aves que se ha posado donde antes no había nada. El color del agua que ha virado con la marea.
Tiempo total: entre 45 minutos y hora y media. Depende de cuánto tiempo pases en la punta mirando cómo el cielo se incendia.
El atardecer como experiencia
Voy a decirlo claro: si vienes a la Punta de San Felipe a mediodía, verás un sitio bonito. Si vienes al atardecer, verás algo que se te queda dentro.
La combinación de agua reflectante a nivel del suelo, horizonte bajo, ausencia total de contaminación lumínica y marisma retroiluminada crea algo que no sé describir con precisión — y mira que llevo años intentándolo. Es como si el paisaje se encendiera desde dentro. Los tonos van del dorado al rosa, del rosa al violeta, y al final queda esa franja azul oscura sobre el agua que dura cinco minutos y que es lo más cercano a la perfección visual que conozco.
Los fotógrafos que han descubierto este punto vienen equipados: trípode, filtros, gran angular. Pero honestamente, con un móvil decente y un poco de timing capturas algo que merece la pena. El truco es llegar con margen — al menos media hora antes de la puesta — para que el paseo hasta la punta coincida con la mejor luz.
Cuándo ir
Lo mejor: octubre y abril. Temperaturas suaves (18-24 °C), luz dorada sin dureza, actividad migratoria de aves en su punto álgido, y la marisma en ese estado perfecto que no es ni demasiado seco ni demasiado encharcado.
Muy bueno: septiembre, marzo y mayo. Todavía hay migración, el tiempo acompaña y la afluencia es mínima.
Diferente pero válido: noviembre a febrero. Los atardeceres son más tempranos — en diciembre el sol se pone hacia las cinco — y las tormentas de invierno pueden crear un paisaje dramático, casi salvaje. Pero hace falta ropa de abrigo y aceptar que el barro será real. En verano (junio-agosto), el calor obliga a madrugar: las primeras horas de la mañana son viables, pero a mediodía el sol es implacable y no hay ni un centímetro de sombra.
Mejor hora del día: para aves, entre las 7:00 y las 9:30. Para atardeceres, desde una hora antes de la puesta de sol. Para caminar sin más, cualquier mañana que no sea agosto.
Información práctica
- Distancia total: 1,5-2 km (ida y vuelta con bucle)
- Dificultad: fácil — terreno completamente llano, sin obstáculos técnicos
- Duración: 45-90 minutos
- Acceso: al sureste del centro de El Puerto, dirección estuario del Guadalete, en la zona conocida localmente como Cabaña Vega. Buscar «Punta de San Felipe El Puerto» en GPS como referencia aproximada
- Desde el centro: unos 10-15 minutos en coche
- Aparcamiento: gratuito, gravilla, 8-10 plazas informales
- Transporte público: no hay línea de bus hasta esta zona — se necesita vehículo propio o bicicleta (entre 5 y 10 km desde el centro, terreno llano)
- Coste: cero. Acceso público, sin entrada ni permisos
- Qué llevar: calzado cerrado (el terreno puede estar embarrado), agua (1 litro mínimo — no hay fuentes), protección solar (cero sombra en todo el recorrido), prismáticos si te interesa la observación de aves
- Perros: permitidos, recomendable con correa para no molestar la fauna
- Accesibilidad: el terreno llano es favorable, pero el suelo sin pavimentar puede dificultar el paso de sillas de ruedas o carritos en épocas húmedas
- Restricciones: mantente en el camino establecido. La marisma circundante es zona protegida y en primavera-verano puede haber nidificaciones activas en los márgenes
- Seguridad: no hay cobertura móvil garantizada en la punta. Avisa a alguien de que vas. No te salgas del camino con marea alta
El tip del insider
Ven solo. O con alguien que sepa estar en silencio.
La Punta de San Felipe no es un plan de grupo ni una excursión con niños corriendo (para eso tienes Los Toruños, que tiene servicios, espacio y centro de visitantes). Esto es un paseo para quien necesita bajar el ruido. Para quien quiere recordar que El Puerto no es solo bodegas, playas y tapas — es también esto: marisma, bahía, horizonte, silencio.
Lleva un termo con café si vienes por la mañana. Una cerveza fría en la mochila si vienes al atardecer. Siéntate en la punta, mira el agua, y deja que el sitio haga su trabajo.
No necesita que hagas nada más. Solo que estés.
Isabel Reyes
Exploradora LocalIsabel llegó a El Puerto hace veinte años y nunca dejó de descubrirlo. Conoce cada callejón con encanto, cada mirador secreto y cada rincón que los turistas no encuentran. Sus rutas son una invitación a ver la ciudad con ojos nuevos.