Gastronomía

Romerijo y la Ribera del Marisco: donde El Puerto come de pie

19 de febrero de 2026
13 min de lectura
Romerijo y la Ribera del Marisco: donde El Puerto come de pie

Romerijo y la Ribera del Marisco: donde El Puerto come de pie

Huele a langostino cocido. Huele a sal del Guadalete y a aceite limpio y a ese aroma que solo tiene el marisco cuando lleva tres horas fuera del agua y ni un minuto más. Hay un señor en camiseta pelando cigalas con una destreza que parece genética. Una familia con niños pequeños intentando no mancharse — van perdiendo. Dos jubilados con su fino, sin prisa, mirando el río como si fuera la televisión. Y tú, ahí, de pie junto a un mostrador de mármol gastado, con las manos brillantes de grasa marina y la certeza absoluta de que esto no se parece a ningún restaurante que hayas pisado.

Esto es la Ribera del Marisco. Doscientos metros de paseo junto al Guadalete donde El Puerto de Santa María lleva más de medio siglo comiendo marisco de pie, con los dedos, sin pretensiones y sin pedir perdón. Y en el centro de todo, como lleva desde que nadie recuerda exactamente cuándo, está Romerijo.


Un hombre, un apodo, un río

Antes del marisco hay que hablar del nombre. Porque aquí, en El Puerto, los apodos importan más que los apellidos. Siempre ha sido así.

Romerijo — el hombre, no el bar — montó su puesto en la Ribera hace más de medio siglo. No hay una fecha exacta que podamos clavar con confianza, y la verdad es que da igual. Lo que importa es la idea, que era tan sencilla que resultó revolucionaria: marisco fresco de la lonja, cocido o a la plancha, servido en mostrador para comer de pie. Sin manteles. Sin camareros de pajarita. Sin gilipolleces.

La Ribera del Marisco no era entonces lo que es ahora. Era un trozo de paseo junto al río con casetas de madera y pescadores descargando la captura del día. Lo que Romerijo vio fue algo que nadie más había visto — o que nadie se había atrevido a convertir en negocio: que el marisco más fresco del mundo no necesitaba una mesa con mantel para ser extraordinario. Solo necesitaba llegar del barco al mostrador lo más rápido posible.

Eso fue todo. Y con eso, cambió la forma en que El Puerto come.

El bar sobrevivió a modas, a crisis, a la llegada del turismo de masas, a la tentación de convertirse en algo que no era. Sigue haciendo exactamente lo mismo. Cuando un sitio lleva más de medio siglo sin cambiar la fórmula, no es porque no tenga ideas nuevas. Es porque la idea original era suficiente.


Doscientos metros de democracia

La Ribera del Marisco es un paseo corto — doscientos metros escasos — junto al río Guadalete, en pleno centro de El Puerto. A cinco minutos de la Plaza de España. Aquí se alinean los chiringuitos y bares de marisco como los fieles de una cofradía. Que en cierto sentido lo son.

Lo que hace especial a esta franja de acera no es solo el producto. Es lo que desaparece cuando cruzas su umbral. Se borran las diferencias. El albañil con las manos todavía manchadas de cemento come al lado del ejecutivo con traje. El pescador que salió a faenar a las cuatro de la mañana comparte mostrador con el turista que aterrizó en Jerez hace dos horas. El marisco es el gran igualador. Da igual quién seas: si estás pelando langostinos de pie en la Ribera, eres uno más.

Eso no es casualidad. Es diseño. El formato — de pie, sin reservas, sin separaciones, sin menú caro que funcione como filtro — crea un espacio donde la única jerarquía es quién llegó primero al mostrador. Es democracia gastronómica en estado puro. Y funciona.

No todos los bares son iguales, claro. Algunos llevan décadas; otros han abierto el martes pasado. La regla para distinguirlos es más vieja que la Ribera misma: mira el mostrador. Si lo que ves te emociona — langostinos brillantes, cigalas gordas, gambas blancas que huelen a Atlántico — entra. Si no, camina diez metros y prueba el siguiente.


Los bares: Romerijo y los que saben

Romerijo: el templo

Sí, hay colas. Sí, el ambiente es caótico. Los camareros van a un ritmo que desafía la física, la gente pide a voces por encima del hombro del de delante, y el olor a marisco cocido te envuelve como una manta. Todo eso es exactamente lo que debería ser.

El sistema de Romerijo es sencillo. Llegas al mostrador, miras lo que hay — langostinos, gambas blancas, cigalas, bocas de cangrejo, lo que haya entrado esa mañana — y pides por peso. Te dan un número. Te buscas un hueco en las mesas de mármol. Esperas. Tomas un fino. Miras a tu alrededor. Llega tu marisco. Comes. Y si queda espacio — y siempre queda espacio —, repites.

Los langostinos cocidos son los reyes. Sal, un chorrito de limón si acaso, nada más. Las gambas blancas de la Bahía, más dulces y sutiles que el langostino, son la joya que los portuenses guardan como secreto a voces. Las cigalas a la plancha, cuando las hay frescas, son otra categoría: elegantes, caras, y merecen cada céntimo.

Y si algún día ves bocas de cangrejo en la vitrina — esas pinzas enormes y rosadas, frías — pide sin pensarlo. Son el capricho que nadie se arrepiente de pagar.

Casa Paco Ceballos: el abuelo de la Ribera

Si Romerijo es el templo, Casa Paco Ceballos es la capilla que lleva más tiempo del que la mayoría recuerda. Décadas en la Ribera del Marisco, tres generaciones, familia todavía al frente. Calle Ribera del Marisco, 6.

El género es el mismo — lonja del día, cocido o plancha, servido con la misma honestidad de siempre. La diferencia está en el ritmo: menos bullicio que Romerijo, camareros que te reconocen, esa calma que solo dan los lugares que no necesitan demostrar nada porque llevan décadas siendo lo que son.

Lo que busca el que sabe es lo de siempre: gambas blancas cocidas, langostinos a la plancha. Pide media ración para empezar y que sea lo que el camarero te recomiende según lo que haya entrado esa mañana. Ese es el truco: no decidas tú. Deja que decida quien lleva viendo llegar marisco de la lonja desde antes de que tú nacieras.

Más allá de los nombres

La Ribera tiene más bares. Algunos con décadas a cuestas, otros más recientes. No voy a inventar nombres que no puedo verificar, porque un nombre falso en un artículo de comida es peor que no dar nombre ninguno. Lo que sí te digo: camina por la Ribera mirando mostradores. Si ves langostinos brillantes y gente local comiendo de pie a la hora del almuerzo, ese es tu sitio. Los portuenses saben. Sigue a la gente con ropa de trabajo a las dos de la tarde y no te equivocarás.

La realidad es simple: el marisco viene de la misma lonja, la calidad es idéntica. Lo único que diferencia a estos bares es la experiencia — menos presión, más atención del camarero, esperas más cortas. Si tu idea de la Ribera no es un tres en raya de colas y ruido, estos son tus sitios.


El marisco de la Bahía: por qué aquí sabe diferente

Esto no es marketing. Es geografía.

El Puerto de Santa María está donde el río Guadalete desemboca en la Bahía de Cádiz, que a su vez se abre al Atlántico. Esa confluencia — agua dulce, agua salada, marisma, esteros — crea un ecosistema que produce mariscos con un perfil de sabor que no se replica en ningún otro punto de la costa española. La gamba blanca de la Bahía tiene un dulzor y una salinidad específica que los gaditanos reconocen con los ojos cerrados. No es la misma gamba que comes en Málaga o en Valencia. Es otra cosa.

A eso súmale la proximidad de la lonja. El marisco que comes en la Ribera salió del agua esa misma mañana. A las diez llega a la lonja del puerto. A las once está en los mostradores. Cuando tú te lo comes a la una y media, lleva cuatro horas fuera del mar. En cualquier ciudad del interior, ese mismo langostino lleva un día y medio viajando en camión refrigerado. La diferencia se nota. Se nota mucho.

Qué pedir según la temporada

No todo brilla igual todo el año. Los portuenses lo saben y ajustan.

TemporadaLo que brillaNotas
Primavera (abril-mayo)Langostinos en su punto, camarones abundantes, ortiguillasEl mejor momento: buen tiempo, pocos turistas
Verano (junio-agosto)Todo el género está, pero las colas son bíblicasAgosto es el infierno. Si puedes, evítalo
Otoño (sept-octubre)Gambas blancas de temporada, percebes, cañaíllasPrecios bajos, calidad alta, tranquilidad
Invierno (nov-marzo)Langostinos de invierno, cigalas, erizosMenos ambiente, marisco excepcional. Los locales lo prefieren

Las ortiguillas — esas anémonas de mar fritas como buñuelos, especialidad de la Bahía de Cádiz — son de primavera principalmente. Si las ves, no las dejes pasar. Desaparecen rápido. Los erizos son de invierno, de octubre a marzo: se abren en el mostrador y se comen con un poco de limón. Pura cremosidad marina. Y si algún día aparecen percebes en la exposición, pide sin mirar el precio. Se acaban antes de que termines la frase.


El ritual: cómo se come en la Ribera

Hay un protocolo aquí. No está en ningún cartel, pero todo el mundo lo sigue. Si lo rompes, no pasa nada — nadie te va a echar. Pero te pierdes la mitad de la experiencia.

De pie, siempre de pie

El puesto ideal es el mostrador. Ves el marisco, hablas con el camarero, haces amigos con el de al lado. Es un acto tribal. Hay mesas, sí. Sentarte está bien si vienes con niños o si las piernas ya no dan para más. Pero comer de pie en la Ribera es parte del asunto — es lo que convierte una comida en una experiencia.

Con los dedos

Nada de cubiertos. Tus dedos, muchas servilletas, y la dignidad que te quede después de pelearte con una cigala. Pelar un langostino es un arte menor que aquí todo el mundo domina. Observa al de tu lado: la torsión de muñeca, el movimiento preciso para separar la cabeza, el tirón limpio que deja la carne perfecta. Vas a salir con las manos brillantes de grasa marina. Eso es una medalla, no un problema.

El fino: la otra mitad

Esto no es negociable. En la Ribera, la bebida es el fino. Vino de Jerez pálido, seco, con ese punto de almendra y esa salinidad que limpia el paladar entre bocado y bocado. La combinación fino + langostino es química pura. Siglos de tradición lo avalan.

Las bodegas que producen ese fino — Osborne, Gutiérrez Colosía — están a tiro de piedra de la Ribera. Si te pica la curiosidad, merece la pena una visita para entender de dónde viene lo que estás bebiendo. Pero en la Ribera, solo necesitas saber tres palabras: “un finito, frío.” Si te lo sirven tibio, devuélvelo. Eso aquí es un crimen.

Una cervecita también entra, sobre todo cuando aprieta el calor. No seamos talibanes.

Rápido pero sin prisa

Esto no es una comida de dos horas con postre y sobremesa. Es un acto. Llegas, pides, comes de pie, hablas con desconocidos que en quince minutos serán colegas, te vas. Cuarenta y cinco minutos, una hora. El que se sienta tres horas en la Ribera es turista o jubilado. Ambos son respetables.


Lo que no te dice la guía turística

La Ribera del Marisco aparece en todas las guías de El Puerto. “Visita obligada”, dicen. “Experiencia auténtica.” Y tienen razón, pero se quedan cortos.

Lo que no te dicen es que el marisco llega de la lonja a las diez de la mañana, y por eso los locales almuerzan entre la una y la una y media — no a las tres, cuando el turista se despierta. A las tres sigue estando bueno; a las diez de la noche, depende del día.

No te dicen que los martes a mediodía es cuando ves a El Puerto en su salsa. Sin turistas, con pescadores, con gente que tiene trabajo y hora de almuerzo contada. Ese es el Puerto real.

No te dicen que “lo que esté mejor hoy” es la mejor frase que puedes decir al camarero. El marisco cambia cada día. La carta es una sugerencia. El mostrador es la verdad.

No te dicen que si quieres ortiguillas, preguntes antes de sentarte. No siempre las hay. Y cuando las hay, vuelan. El que pregunta al entrar se las queda; el que las ve en la mesa de al lado y entonces las pide, llega tarde.

Y no te dicen que entre semana es mejor que fines de semana. Siempre. Menos gente, mismo marisco, camareros con más ganas de charla. La Ribera entre semana es un secreto a voces que todo portuense conoce y ninguna guía cuenta.


Información práctica

  • Ubicación: Ribera del Marisco, paseo junto al río Guadalete. A 5 minutos andando de la Plaza de España
  • Cómo llegar desde Cádiz: Catamarán hasta El Puerto (30 min), luego 10 minutos andando
  • Desde Jerez: Cercanías RENFE (15 min)
  • Horarios generales: Almuerzo 13:00-17:00 (pico 14:00-15:00). Cierre 17:00-20:00. Noche 20:00-00:00. Romerijo abre todos los días; algunos bares vecinos cierran lunes
  • Presupuesto: Almuerzo con marisco y dos finos, 25-35€ por persona. Si te dejas llevar, 40-50€
  • Reservas: No se reserva. Primero en llegar, primero en comer. En verano, espera de 30-45 min en Romerijo. Llega temprano o ve a los bares de alrededor
  • Pago: Efectivo preferido en la mayoría de chiringuitos. Algunos aceptan tarjeta, pero no cuentes con ello

Para la guía completa con itinerario detallado, temporadas y secretos del insider, tienes la guía práctica de la Ribera del Marisco.


El tip del insider

Si de verdad quieres vivir la Ribera como un portuense, olvídate del sábado a las dos de la tarde. Ven un martes de octubre, a la una, cuando el levante no sopla demasiado fuerte y el Guadalete va tranquilo. Pide gambas blancas cocidas y un fino. Come de pie. Habla con el señor de al lado — te va a contar una historia sobre la Ribera que no vas a encontrar en ningún artículo, incluyendo este.

Cuando alguien te pregunte “¿qué tal El Puerto?”, vas a decir: “Fui a la Ribera. Comí langostinos de pie con un fino en la mano. Hice amigos con un señor que llevaba cuarenta años yendo.”

Y eso, pisha, es El Puerto en estado puro.


Pepe Gallardo

Pepe Gallardo

Cronista Gastronómico

Nacido y criado en El Puerto, Pepe lleva toda la vida entre fogones y bodegas. Conoce cada rincón donde se fríe el mejor pescaíto y cada solera que merece la pena visitar. Sus recomendaciones vienen de años de tertulias, tapeos y amistades con cocineros de la zona.